Han leído nuestras coberturas:

viernes, 11 de noviembre de 2011

FAITH NO MORE en Argentina: Epic No More!



Perlita: dos seres de turbias procedencias confundiéndome con una antisemita porque de mi remera se veía sólo el “No More” y confundieron los cuadrados de FNM con una estrella de David. Épico.
Frase memorable: Público: Fai’ no mor, Fai’ no mor, Fai’ no mor.
Patton: ¿Nosotros? Deberían decir “No más fe”
Situación memorable: Patton beatboxeando al ritmo de “Olé, olé, olé”
Convengamos: yo tengo un problema de índole Pattoniana –no en plan psicópata, pero en muchos países, sobre todo musulmanes, merecería una orden de restricción o pena de muerte, supongo. Soy la fundadora de la Iglesia Porteña Pattonesa y toco puertas aleatoriamente intentando convencer a los vecinos de Buenos Aires a que abracen la nueva fe. Suelo jugar a “Venía un barquito cargado de… ¡PROYECTOS DE MIKE PATTON!” con la misma asiduidad con la que mucha gente juega al Truco o va a cagar. Posta: TENGO UN PROBLEMA. Problema que pasaría por alto en muchas circunstancias, pero que difícilmente puede hacerlo cuando el Mesías se digna a aparecer Buenos Aires o alrededores, cuando mi Patton-radar se activa y comienzo a tener extraños pseudo-ataques de Mike-pilepsia.
Puede entenderse, pues, mi estado y el de muchos otros ayer. La ansiedad carcomía las uñas y hacía saltar los estómagos (cabe la aclaración, indispuestos por los papitas fritas de QUINCE PESOS que se vendían en las inmediaciones. Sí. Robo a mano armada) de las 7000 almas de la fe de Faith No More en La Paternal, en un sucucho de pésimo sonido y que difícilmente podía contener a un público que hacía gala a las 20 horas del martes 8 de noviembre de una impaciencia notable. El Estadio Malvinas Argentinas, un tugurio olvidado por Dios cerca del Cementerio de la Chacarita, era la Iglesia vestida de novia (escenario blanco y con una auténtica plaga de ramos de flores) en la que Faith No More deleitaría una vez más a la audiencia argentina que habían ya maravillado en 2009 en el Personal Fest.
Las ocho y media.
Y, de alguna manera, entré a la mítica escena del diner donde transcurre el inicio de Pulp Fiction. Viaje místico mediante, Los Tormentos empezaron a descoser sus tonos surfer/swinger sobre el escenario. Deduciblemente, una banda que emanaba ondas gloriosas, con sus camisitas iguales y sus bailes de guitarras, saltos atléticos incluidos. Con todo el garbo que permite un estilo que tiene sólo cuatro o cinco variantes, la banda hizo entretenida una espera que venía prolongándose ya una razonable cantidad de horas (Bueno, sólo dos. Pero la ansiedad mancillaba mi estómago. Me compré unas papitas y me sentí una cerda burguesa. Y luego, solamente pobre).
Nueve y media.
El papanatas que tenía al lado (que había GANADO las entradas ese mismo día, pero no paraba de decir con su igualmente aparatosa novia que les hubiera gustado más “Ir a ver el partido de tenis”) seguía explayando sus paupérrimos conocimientos musicales.
Cuarenta minutos pasadas las nueve.
27ºC. El papanatas pasó a intentar convencer a su novia que le comprara su guitarra criolla. Aseguraba saberse todos los temas de Arjona. Deseos homicidas: 95%
Cinco minutos para las diez.
Puño listo para impactar en la cara del Papanatas. 
Para beneficio de su integridad física, las luces se apagaron.
El funeral/boda comenzaba.
Faith No More entró en escena con la magia de “Woodpecker from Mars” del favorito de muchos “The Real Thing”. La entrada progresiva e instrumental, coreada por un público frenético, dejó en claro la química entre el bajo demoledor de Billy Gould y la batería envolvente de Mike Bordin. Jon Hudson y su guitarra camaleónica se descosían con el teclado de Roddy Bouttom. Y entonces, el frenesí. Patton emergió desde la blancura. “Delilah”, enganchada con precisión mecánica, demostró que la voz de barítono del cantante continúa intacta. Es que Patton es el Hendrix de las cuerdas vocales: es un hombre que beatboxea, usa el Megáfono del Poder (análogo a la Espada de Greyskull, claro), putea, maldice, hace un screamo que dejaría en vergüenza a Dani Filth, grita, se sacude, hace efectos, tiene el vibratto de Pavarotti, etcétera. Es algo así como la MiniPimer de la música: sirve para todos los usos.
Los siguientes 26 minutos de auténticos golpes en el estómago demostraron la cualidad Faithnomore-iana de que el poder y la pasión son lo suyo sobre el escenario: cada segundo que pasaba era un gancho de izquierda de Rocky que dejaba al público boquiabierto. Casi como un ritual, se desdoblaron cuatro éxitos del obligado Angel Dust: Land of Sunshine hizo vibrar al público después del muy K saludo de “Hola porteños, porteñas, ¿todo bien?” con sus risas psicópatas. El milagro vocal Pattoniano de “Vericose, comatose, senile” demostró que tanto en el Colón como en el Malvinas, su voz se precia de un color y tonalidad únicas en la escena del rock. “Be Agressive” fue el epítome del funk-metal, cantito diabólico de porrista incluidos. Poseídos por algún demonio, el público coreó: “Vamó’ Fai’ no mooooooor, fei no mooooor, fei no moreeee, vamo’ fai no more, OOOOOOH!” Primer chascarillo de la noche: “Oh! ¿Qué canción es? ¿Una canción de Charly García? ¿Un tema nacional de Argentina?” y entonces… Midlife Crisis, con un guiño al clásico disco de Chuck Mangione Children of Sánchez y con coreo del público desde los efectos del puente hasta el último estribillo gritado con una fuerza que hubiera derribado paredes. Caffeine fue el merecidísimo knock out de la sección Angel Dust.
Y bajó la bola disco. El segundo chascarrillo de la noche (¿Hace frío hoy? Si hacemos fríos, vamos todos juntos al recital de Ringo Starr) dio paso a una versión en español de la pornográfica Evidence en lo que parecía un baile de graduación yanqui. Era una de esas situaciones eróticas que daban paso a dos conductas:
A) El consabido: “Bueno, si nos organizamos, cogemos todos”
B) Buscar una filmación de
Emanuelle o porno soft de The Film Zone y ponerlo en las pantallas “gigantes” del estadio.
Pero con un Patton diciendo “You wanna feel me (Quieres sentirme?)?” creo que cualquiera de estas situaciones hubiera podido ocurrir que nadie le hubiera prestado atención.
El clima sensual se destruyó (quizá debería decir “incrementó”, pero ya deben considerarme lo bastante extraña) con Last Cup of Sorrow: hipnótica y sublime. Cuckoo for Caca y Patton parece descoserse la voz, irreconocible en un estilo que bien podía hacer honor a Phil Anselmo. Abrasiva y brillante, la batería de Bordin, con los riffs violentos de la multifacético Jon y un bajo impetuoso perfilan a este tema como uno de los más pesados del repertorio. Patton caminando en círculos, Patton agachándose, MEGÁFONO, puteadas miles, gritos CON MEGÁFONO, Patton parándose, efectos miles y la combinación gloriosa Bordin-Gould dan paso al éxito de la Aspen Easy. CON BOLA DISCO y un público que incluso sacó ENCENDEDORES (¡¿Hacía cuánto que no veía ENCENDEDORES en un recital?! Se nota que soy de la generación 2.0) y acompañó no sólo la lírica sino el solo de guitarra.
Pero la combinación de valles y montañas caracteriza a Faith No More y la audiencia, ya más descansada, palpitó el pesadísimo riff de Digging the Grave. El pogo que rompía clavículas balanceaba al estadio entero. “Olé, olé, olé, cada día te quiero más” detonó con el beatboxeo de Mike para anunciar la siempre sensual y elegante Ashes to Ashes. Everything’s Ruined volvió a mostrar la versatilidad y caprichos de la banda, preparando al público para la frenética y visceral The Gentle Art Of Making Enemies. Un Patton que termina aullando en el piso, que headbangea y que demuestra ser epítome de lo siniestro, agresivo y oscuro. Es el sacado de los gritos demoníacos de vuelta. La furia que trasmuta la voz del Dios y el bramido demuestra que la esquizofrenia musical es posible cuando King for a Day muestra que tan funky puede ser esta banda californiana.
El magnetismo de Patton quedó en evidencia con los saltos dementes y extrañamente carismáticos de Epic, quizá el único éxito global de Faith No More y que actuaría como el broche oficial del show junto con la baladita crooner Just a Man, en las que el cantante jugó a hacer escalas vocales. Empero una de las melodías más sentidas y con mayor demostración de la calidad vocal de Patton, el público endulzado pedía a gritos por más mientras Patton continuaba tirando flores (literalmente) desde el escenario.
Falso final. La audiencia con los pies clavados, saboreando la certeza única de que hasta que las luces del estadio no se prenden, el show no se acaba.
Faith No More brota de entre las flores que quedaron sobre el escenario. Y entonces, una sutil canción de cuna aciaga, funesta, combinando con la estética casi funebrera del escenario. Fatídica, una canción desconocida de un álbum nuevo que quién sabe si saldrá… Un bello regalo antes del éxito obligado We Care a Lot y sus saltos imperativos y un Mike que ciertamente parece haber sido educado en la escuela de Cypress Hill y que nuevamente muestra su capacidad pluridisciplinaria a nivel vocal.
Falso final. DE VUELTA. Un público cada vez más ansioso para ver con qué cerrarán. FNM que vuelve y Patton que calla el “Olé, olé, olé” para el bis: el besito de buenas noches en la frente y la arropada es This Guy’s in Love With You (éxito de dudoso gusto de Burt Bacharach), que sabe en la lengua al azúcar que le robamos a nuestra madre cuando no está mirando.
Se prenden las luces y se termina el encanto. El Papanatas dice algo acerca de que no entiende cómo una banda así puede gustar. Pero juro que no importa: el placer orgásmico de haber visto a FNM seguía latiendo en mi pecho y ganaba arrebatadoramente contra los deseos de arrancarle los oídos (no los precisa, CIERTAMENTE) y clavarlos en una estaca y bailar alguna danza extraña.
Amaría poder usar la palabra “Epic”, definitoria de la época de The Real Thing, pero el adjetivo ya escapa a la gloria que Faith No More demuestra sobre el escenario. Sería no sólo un cliché, sino una falta a la deontología periodística de la exactitud (pasando por alto todo el tema de la objetividad, ¿no?) y un sinónimo sería ciertamente insuficiente a la hora de describir la puesta en escena de este funeral, experiencia extrasensorial que acerca el alma a la mismísima divinidad, la belleza y la emoción. Batiendo tormentas con la voz, descosiendo infiernos, agrietando lo etéreo, descubriendo el cielo, la esquizofrenia de FNM se destaca en el escenario como una de esos ritos oscuros en los que uno comulga con algo tantísimo más grande que uno mismo. Locura es genialidad.
Faith no More ya no es épico: es tantísimo más.

Comentó: Gabriella Botello, para OXIDO.-

4 comentarios:

  1. Que feo FNM. Recuerdo que en la secundaria todos estaban enganchadísimos con esa banda y varios años después la tuve que sufrir esperando a Ozzy en Ferro.

    ResponderEliminar
  2. Y... gustos son gustos.

    Si estabas esperando ansiosamente a Ozzy, era realmente poco probable que te engancharas con algo como Faith No More.

    Gracias por el aporte, saludos!

    ResponderEliminar
  3. Yo deje de estudiar para un examen para poder ir a verlos, y me fue para el orto. Igual no me arrepiento estuvo excelente TODO.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajaj... Bien hecho, Miguel. Los exámenes pueden esperar, mientras que Faith No More quien sabe si vuelve... Saludos!!

      Eliminar